Lilly
Sentía los pasos retumbar hacia la cocina, hundió el pecho, resistió el asco y saludó amablemente para neutralizar el asedio. Todavía sentía la aspereza tocando su piel mientras fingía dormir.
Llevó orgullosa en un jarrón las flores que ella misma había sembrado y cuidado como si su vida dependiera de ello.
Mientras apoyaba el jarrón sobre la mesa, se acercó a las flores y aspiró el aroma celestial, se veían las pequeñas campanas blancas iluminadas por el sol de la mañana.
De las mismas había aprovechado hojas, tallos y las flores perfumadas para hacer la infusión a la que le agregó café instantáneo, como a él le gustaba, cortado con un chorro de leche y tres terrones de azúcar. Desde que le preparaba el café a su padre encontraba el azúcar repulsivo.
—¿Con canela? —preguntó.
Espolvoreó la taza y se la acercó con una sonrisa.
Acto seguido, se dio vuelta y comenzó a limpiar el jarrito enlozado a conciencia.
De pronto, se escuchó un ronquido agónico y el golpe sordo de un cuerpo al caer, arrastrando el mantel. La taza y el jarrón con flores estallaron contra el piso.
La madre apareció en el umbral de la cocina, descalza y todavía en camisón. Al ver la escena, soltó un grito horroroso.
Ella la imitó.
